Hoy la mañana se ha levantado con un Sol espléndido en Zaragoza, y cuando me he levantado de la cama he visto la bolsa y ya sabía lo que tenía que hacer. He ido a echar gasolina porque tenía poca en el depósito, y me he preparado todo para ir rumbo a mi destino.
En mi coche aparecía 15º, y ha sido practicamente todo el recorrido a esa temperatura. Mientras escuchaba mi música a todo volumen en el coche, recordaba las últimas veces que la había ido a visitar, y estaba encantado de volver a ir ahí. Después de mi operación, y después de un tiempo de paciencia, ahora estaba en plenas condiciones con mi tobillo, es como si nunca me hubiera pasado nada. Estaba feliz, porque la última vez que estuve ahí, me molestaba bastante, y ahora simplemente me iba a acordar de lo mal que lo tenía y lo bien que lo tengo ahora.
Cada vez la veo más cerca, y cada vez me impresiona más, esta vez la veo de otra forma, de otro color, poco, pero de otro color, cuando siempre la he visto con un color carne, ahora la veía blanca por algunas partes. Es estupenda, tenía ganas de llegar y estar encima, pero aún faltaba unos cuantos kilómetros. Tenía que tener paciencia.
Ahora la tengo de frente y esta cerca, muy cerca, estoy rodeado de árboles, y pienso, - ahora ya eres mía.

Era mi momento, mi soledad, mi rato libre para disfrutarla con mi montaña, el Moncayo.
Tenía ganas de ir desde hace días, pero no encontraba el momento, en cuanto saqué un hueco no me lo pensé dos veces. Ya desde abajo podía apreciar algo de nieve, pero no mucha, así que me abrigué bien, recuerdo que la última vez fue en Octubre y pasé mucho frío arriba, así que ahora que estábamos en Noviembre y arriba estaba nevado no me quería arriesgar. El único problema que tuve fue que no tenía mochilas en casa, así que me cogí la mochila de la bicicleta, en el que solo me cabía la cantimplora y el bocadillo, no cabía nada más. Me había comprado una chaqueta para la bicicleta, y ahí era un buen lugar para estrenarla y comprobar que abriga bien. También llevé una camiseta y dos polares, pero como no me cabían, me las apañé como pude para llevarlas para arriba.


Sí, es muy fuerte, pero a mí me vino de maravilla.
Me coloqué la mochila y empecé a subir. Estaba todo muy húmedo, se podía respirar frescor. Ya empezando a subir por el bosque, la rodilla se me empezó a quejar, por lo que busqué cualquier palo para ayudarme en la subida. No encontré ninguno, todos los palos que estaban en el suelo estaban podridos y no estaba por la labor de arrancar una rama de un árbol. Con la escusa de buscar un palo para subir, de repente me encuentro en el Circo de San Miguel y ni apenas me he enterado. Veo bajar a dos montañeros que saludo.
Estaba haciendo muy buen día, y daba gusto estar por esas alturas. Voy bien, no tengo frío, y me encuentro totalmente solo, aprovecho varias veces para hacer fotos. Ya cuando llevo una hora subiendo, me encuentro con algo que me hace bastante ilusión. Una trozo de nieve, el primer trozo de nieve que me cruzo.

En ese momento me había echo gracia,
después esa nieve ya no era tan nieve. Era puro hielo!. Mi calzado era simplemente unas deportivas de correr, y me
resbalaba bastante, tampoco era un problema, porque con cuidado y
tranquilidad, pude pasarlo sin problemas; yo en ese momento pensaba en la bajada, en que iba a ser un problema el maldito hielo. Ya cuando estoy
practicamente llegando a la loma, me encuentro con dos montañeros que aprovechamos y tenemos una pequeña
conversación.
Cuando llego arriba mis ojos ven lo más bonito del Moncayo, eso era un espectáculo.
Tengo enfrente un mar de nubes revuelto. Es precioso. No me esperaba en ningún momento encontrarme con esa maravilla, desde Zaragoza se veía todo despejado, y cuando llego arriba me encuentro con esta preciosidad, me emocioné cuando lo ví y aun me emociono cuando lo recuerdo. Me quedé observando ese mar durante un buen rato, viendo como las nubes tapaban el cuerpo de unos molinos y estos asomaban la cabeza mientras daban vueltas. Espectacular. Aproveché para hacer un monton de fotos, y cada vez que me giraba para andar, me volvía otra vez para volverlo a mirar.
Fuí camino a la cima, y había muy poca nieve pero lo suficiente para decir que bonito es.

Estaba solo, y era hora de comer. Me senté entre unas paredes de piedra para evitar un poco el frío y empecé a comerme mi bocadillo de tortilla de patata. Me sentó de genial, estaba tranquilo, en silencio, no se oía nada y enfrente tenía los pirineos totalmente nevados.

Me pegué más de una hora allí arriba disfrutando de las vistas y de mi momento de soledad, porque ahora si que estaba solo de verdad.
Decidí bajar, y sabía que ahora venía lo peor, no por abandonar a mi montaña, que eso ya tenía lo suyo, si no porque había una zona bastante complicada de hielo y sabía que ahí iba a pasar algo.
Cuando llego a esa zona me doy cuenta lo complicado que es bajar eso sin tener una caida maja. Es imposible mantenerse de pie, es un resbalón tras otro, incluso alguno me arrastra como si de un tobogán se tratara. Me agarro en todas las piedras que puedo y consigo bajar el tramo complicado. Todo lo demas es normal, bajo algunos tramos corriendo porque ya me noto cansado y tengo ganas de llegar al coche. Cuando llego abajo al Circo de San Miguel, me despido de mi montaña, porque ya hasta el año que viene, no voy a volver.
